
Todo estaba en aparente orden para el equipo de Francisco Arce. Ganaba el partido, controlaba el trámite y se veía amparado en el escaso repertorio de su rival.
Sergio Díaz adelantó al Ciclón con un penal dudoso avalado por el VAR y luego, Marcelo Palau aumentaba las diferencias. Todo estaba sobre rieles.
Acomodado en la cancha y sin aparentes peligros, Cerro prácticamente aguardaba el final del lance con la tranquilidad de que su oponente no tendría respuestas tácticas y mucho menos físicas para llevarlo al frente y ponerlo contra las cuerdas.
Pero a los 88' se desata la inesperada tormenta. Descuenta José Verdún para maquillar las cifras y poner de cierto modo en suspenso la tranquilidad de los azulgranas, que igual estaban confiados en la victoria.
Es que faltaban segundos para el final. Sobraban argumentos para pensar que Cerro redoblaría la seguridad desde el medio para atrás para no caer en sorpresas nefastas.
Asimismo sobraban fundamentos para no pensar que Guaireña haría problemas. Pero esas ideas quedarían en segundo plano cuando el mismo Verdún, descuidado al segundo palo de Rodrigo Muñoz saltaría más que sus marcadores para silenciar la catedral azulgrana.
Aplicó un soberbio testazo, Popi no alcanza y el empate pone a erizar la piel de los hinchas del cuarto departamento que celebraban como un triunfo de ribetes históricos.
Es que lo fue. No es fácil enfrentar a Cerro Porteño en su estadio. Mucho menos ser un equipo de menor calibre y remontar como lo hizo Guaireña. Son esas cosas del fútbol que no tienen explicación, más allá de los tecnicismos de sus entrenadores cuando tratan de justificarse.
Fue empate y un punto per cápita. Pero moralmente es un triunfazo para Guaireña por las tremendas diferencias habientes en la previa, el favoritismo claro hacia el Ciclón y las notables distancias entre un plantel y otro.